Quizás no recuerde el primer día que disparé en manual, o puede que haya olvidado dónde compré el trípode que nunca uso, pero no he olvidado el día en el que decidí abandonar las DSLR tal como las había estado utilizando hasta entonces. Fue el 2 de septiembre de 2014. 

Subía a Velika Planina, en Eslovenia, con un grupo de 10 personas. Era verano pero llovía y hacía frío. No esperaba esas temperaturas en un país mediterráneo, en septiembre y yo venía directamente de Panamá. Allí había estado rodando un documental durante 20 días. Había ido cargado con todo tipo de material. Llevé mi Canon C100, un 24-70, un 24-105, el 70-200 2.8 estabilizado, un 50 1.4, el 17-40, un 85 1.2, la Canon 6D, un Atomos para almacenar el vídeo en mejor calidad, las baterías para cada uno de estos dispositivos, sus enormes cargadores, una GoPro para planos acuáticos… era tanto el material que tuve que comprar una mochila enorme para transportarlo.

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Y así llegué a Eslovenia, recién recogido en el aeropuerto y cargado con kilos de material fotográfico. Lo único que añadí a la expedición por Eslovenia fue una pequeña cámara de fotos que me trajo mi pareja. Sí, una de las que tanto estaban dando que hablar en las redes entre los fotógrafos y aficionados y que eran elogiadas o criticadas por ser más bonitas que útiles. En el trekking  por el Velika Planina llovía tanto que llevé todo mi arsenal fotográfico a la espalda protegido en mi mochila, preparada para la lluvia, y debajo de mi chubasquero ocultaba esa pequeña cámara con la que estaba empezando a jugar. Por el camino, que duró algunas horas y me dio para pensar, decidí que si volvía de esa excursión con fotografías decentes vendería todo mi equipo y me haría con un kit pequeño. 

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Había algo que no era coherente con mi forma de enseñar y compartir la fotografía. A mis alumnos les hablaba siempre de que el equipo no es lo principal; de que hay que estar siempre preparados y con la mente abierta; que las lentes fijas te enseñar a componer más rápidamente… y yo llevaba una carga brutal a mi espalda que realmente no necesitaba para contar historias, mi principal objetivo en fotografía. 

Al llegar abajo, después de tomar una sopa bien caliente en una pequeña cabaña que encontramos abierta, me sentí decidido a hacerlo. Así que definitivamente, recuerdo perfectamente el día que me hice un poco más libre.


Hasta entonces había jugado con Nikon, con Sony en vídeo, con Canon, con Fuji… pero no había trabajado con Olympus hasta que me llevé una EM5 MarkII a mi viaje a Alaska. Allí, seguía rodando el mismo documental que en Panamá meses antes, y debía utilizar el mismo equipo para que la textura del vídeo fuera similar. Pero las fotos, que las hacía para mi archivo personal, las hice únicamente con la Olympus que me llevé. Llevaba dos lentes, y no eché de menos nada más durante esos días de montañas y animales salvajes.


Los colores que conseguí, la rapidez de trabajo, el sellado para la lluvia y la confianza absoluta que sentí en ese equipo hizo que me decidiera por la que es ahora mi marca principal 

Desde que trabajo con Olympus he utilizado la EM5 MarkII para vídeo y la EM-1 como cámara de fotos. Pero hubo un día, en el que reunido con responsables de la marca japonesa, me pusieron una caja de cartón y un din A-4 delante. Alguien dijo que para ver el contenido de la caja debía firmar aquel documento. Me parecía como un tesoro infantil. Lo hice. Intuí que algo grande estaba pasando. Se abrió la caja y vi la cámara de fotos más bonita que nunca había tenido en mis manos. Era perfecta. Otras marcas habían hecho piezas similares pero no había sentido eso nunca antes. La cogí y escuché.


A esa cámara le faltaban únicamente dos meses para salir al mercado y se trataba de la PEN-F. Entonces fue cuando me propusieron el reto de hacer un vídeo para el lanzamiento y compartir unos días de experiencias con Tino Soriano y el actor Marc Clotet. Esos días fueron muy especiales. Tenía en mis manos una cámara que muy pocos habían visto, y debía guardar el secreto, como un niño.


Así es como tuve una PEN-F desde el primer día, y la pedí con un 17mm 1.8. Nunca había tenido esa focal equivalente en 35mm pero me parecía que era hora de tener una única lente durante un tiempo y utilizar la nueva joya para llevarla siempre conmigo. Al principio, todo lo profesional, viajes y cursos lo hacía con la EM-1, pero poco a poco me he ido enamorando más y más de la PEN-F y ahora estoy haciendo casi todas mis fotografías con ella. Y aquí no distingo entre trabajo profesional y archivo personal. Para mi las historias requieren el mismo mimo, respeto y cuidado independientemente del medio en el que las vayamos a compartir. 


De la PEN-F, su visor me parece perfecto. La velocidad de respuesta impecable. Sé que hay gráficas por ahí que dirán que si el enfoque no es rápido o si la velocidad de encendido de la competencia será mejor. No lo sé, realmente no me interesa. Llámame romántico pero yo necesito coger algo con mis manos y sentirlo. Lo mío nunca fueron las gráficas. Yo me muevo por la luz y por los amaneceres, por la niebla de la mañana y por capturar a mi familia debajo de una lluvia soleada de verano. Y en eso, después de 20 años, nunca había encontrado una cámara tan rápida en darme el resultado que estaba buscando.


Es difícil con tan pocos meses de uso, pero tengo bastante claro que estoy enamorado. Necesitaba hacerlo después de varios años de relaciones con piezas de plástico, si emoción y por puro interés técnico. No sé si lo que me enamora es que no tenga tornillos a la vista o que sea tan distinta a las demás. Realmente el amor no se puede describir con palabras. Lo que sí que sé es que desde hace unos meses es la cámara que me acompaña. Y aunque la definen como más urbana que de bosques, la mía se ha subido ya varias veces a una pared vertical, se ha mojado con la lluvia de Escocia, con la nieve de Ordesa, y ha vivido la arena del desierto. 


Con el tiempo, a la PEN-F la he ido vistiendo con otras lentes, como el 45mm 1.8, que me parece una joya para retratos. He probado muchas otras, y a cada lente le veo su momento, pero como te decía antes, el 17mm 1.8 me parece tan elegante con esta cámara que parece que haya sido creada para llevar ese cristal únicamente. 


Supongo que estás esperando la descripción técnica, y la lista de atributos, pero tenemos un problema. Yo nunca he escrito una review. Conozco cada menú de la cámara que utilizo y entiendo perfectamente la base de la fotografía, pero no entiendo que alguien pueda comprarse un aparato únicamente por eso. Seguro que has oído hablar del Bután y su Índice de Felicidad Bruta. Mientras el resto de países miden todo en base a exportaciones de petróleo, importaciones, ingresos medios… este diminuto pedazo de tierra en Asia, se fija en la felicidad de sus habitantes. Te propongo que te olvides de tecnicismos alguna vez; que olvides los foros (yo nunca los leo); que no busques comparativas, y que dejes de escuchar a tus amigos fotógrafos que te dicen que estas cámaras son juguetes. Coge una de ellas durante unas horas en tus manos, acércala a tus ojos, juega con ella haciendo contraluces en un amanecer, y después piensa si todo eso que leemos en la red tiene algo de relación con la fotografía o lo que realmente importa es lo que has sentido en el instante de disparar. 

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