Conoce las PEN-F Stories

Imágenes que logran captar un instante. Instantes que se expanden en historias. Cuando la fotografía y el relato corto se unen, consiguen crear una historia que transporta al lector.
Descubre la magia que han creado Espido Freire (texto) y Mónica Bedmar (fotografías).

Esa Luz – Espido Freire

Cada vez me sorprende más que todo lo que de verdad compone la vida no pueda ser mirado de frente, desmenuzado, o analizado. Como mucho, lo atisbamos de reojo, como un destello o como una sombra: los momentos de mayor felicidad, las penas más profundas. El amor. El desamor. La mirada atónita de un niño ante el estallido de una pompa de jabón. La piel de quien amamos. El olor de quien deseamos. Nada de esto se ve ni se atrapa de un único vistazo, como si nos hubieran soltado en el mundo con la carencia de un sentido.

Tampoco valen para eso las palabras, que se quedan cortas, que estallan en sus costuras como si nos quisieramos probar un traje de la infancia. Amor, luz, tacto. Hijo. Madre. Otoño. La sal en la punta de la lengua. La melodía de una canción tarareada. Un aroma de hierba cortada en mitad de la ciudad. El esplendor de una naranja cuando se corta y chorrea el jugo sobre la tabla. El rumor de una mano que se hunde en la lana crespa de una oveja.

Así nacen las historias, así florece el arte. Del intento desaforado de nombrar lo que se ve y desaparece en instantes, de atrapar lo que se ha ido ya. De conocer primero el mundo, luego a los que nos rodean, luego, cuando llega la conciencia de nuestra propia pequeñez, a nosotros, nuestros límites. Escribir es una celebración de la vida. Una manera de ponerse de lado, decididamente, del lado de la belleza, de atrapar, como hacen los gatos, o los niños, aquello invisible que flota en el aire, y que se detiene un instante para volvernos la mirada y el aliento dorados.

La fugacidad… esa delicia de sentir que lo que en cada momento es único, y que tenemos la obligación de sentirlo intensamente, de despojarnos de todo para estar aquí, ahora… Ahora. Aquí. Quizás contigo. Quizás conmigo.

Y así alguna vez, dentro de muchos años, al recordar esas palabras, al mirar esas imágenes, sacaré de mi memoria ese momento, como una reliquia de un cajón en un desván oscuro. No importará mi edad, ni qué haya cambiado, ni qué esté ocurriendo a mi alrededor. Bastará con evocar esa luz para regresar a ese mismo instante, a sus olores y su sabor espeso a tiempo, dejaré mi piel para meterme en la que quien fui entonces.

La vida nos regala así eso que parece que nos quita: nos da el presente y el recuerdo. Nos da las palabras, las imágenes, la memoria y la capacidad de construir con ellos mil veces la misma escena, siempre igual o un poco modificada. Es lo bello del arte. Es lo hermoso de la realidad. Es lo inigualable de la vida.

English

That light – Espido Freire

Again and again, I’m surprised by how everything that makes up life cannot be seen head-on, picked apart, or analysed. At most, we see it out of the corner of the eye, as if it were a sparkle or a shadow: the moments of greatest happiness, the deepest pains. Love. Heartbreak. The astonished eyes of a child before a soap bubble bursting. The skin of those we love. The smell of those we desire. None of this is seen or caught in a single glance, as if we had been set free in the world with a lack of sense.

Words are of no use either, because they burst at the seams, as if we now wanted to try a costume from when we were a child. Love, light, touch. Son. Mother. Autumn. Salt on the tip of the tongue. The melody of a hummed song. An aroma of mown grass in the middle of the city. The splendour of an orange when it is cut and the juice drips on the table. The sound of a hand that sinks into the curled wool of a sheep.
This is how stories are born, this is how art flourishes. From the unbridled attempt to name what we see and disappear in an instant, to catch what is already gone.

From first knowing the world, then those around us, then, when we finally reach the consciousness of our own smallness, of ourselves, of our limits. Writing is a celebration of life. A way of standing on the side, decidedly, on the side of beauty, of catching, as cats do, or children, that invisible thing floating in the air, and is detained in a moment to return to the golden look and breath.
Fleetingness… the wonder of feeling that which is unique in every moment, and which we have the obligation of feeling intensely, of detaching ourselves from everything to be here, now… now. Here. Maybe with you. Maybe with me.

And so, many years from now, as I remember those words, looking at these images, I’ll draw this moment from my memory, as a relic from a chest in a dark attic. My age will not matter, nor what has changed, nor what is happening around me. Evoking that light will be enough to return to that instant, to its smells and its thick flavour of time, and I’ll leave my skin to become who I was then.
Like this, life offers us what we feel it takes away: it gives us the present and memories. It gives us words, images, memory, and the ability to build with them the same scene or a slightly modified scene a thousand times. It’s the beauty of art. It’s the splendour of reality. It’s the unique quality of life.