Hacía tiempo que me rondaba por la cabeza hacer una serie de fotografías macro con desenfoques muy acusados, más aún de los que obtengo cuando utilizo el objetivo M.Zuiko 60mm macro F:2.8.

Como ya sabréis, hay una relación directa entre el número F, o sea, la apertura del diafragma, y la cantidad de desenfoque obtenido: a menor número F, más desenfoque, así es como funciona. Como el M.Zuiko 60mm macro tiene una luminosidad mínima de F: 2.8, me propuse utilizar un objetivo extraordinariamente luminoso y de calidad excepcional, el M.Zuiko 45mm F1.2, para obtener aún más desenfoque y un Bokeh agradable (la palabra Bokeh viene del japonés y se refiere a la calidad estética de las zonas no enfocadas en una fotografía).

Pero había un problema, el objetivo M.Zuiko 45mm F:1.2 no tiene gran capacidad de aumento ya que no está hecho para fotografía de aproximación, así que tuve que utilizar un accesorio ideal para estos menesteres, un aro de extensión. Esta pieza se sitúa entre el objetivo y el cuerpo de la cámara y consigue que la distancia mínima de enfoque sea más corta, o lo que es lo mismo, que crece el poder de aumento del objetivo. Cuanto más ancho es el aro de enfoque, más aumento conseguiremos.

Hay fabricantes de accesorios que proporcionan juegos de aros de enfoque compuestos por dos o tres unidades de diferentes medidas, en mi caso utilicé un juego de dos con gruesos de 10mm y 16 mm y además en alguna ocasión los utilicé juntos con lo que sumaban un ancho de 26mm. Mi recomendación es utilizar unos aros que tengan contactos electrónicos y con bayoneta metálica para el protocolo micro 4/3, de un fabricante de solvencia reconocida (Olympus no los fabrica).

Una vez solucionado el tema técnico, el reto que me impuse fue utilizar siempre la máxima apertura de diafragma a F:1.2 en todas las imágenes, y ello tuvo un lado bueno y otro no tanto, paso a explicarlo. El lado positivo es que al utilizar un diafragma de F:1.2 este objetivo necesita mucha menos luz para tomar fotografías por lo que permite trabajar a velocidades 2.5 veces más altas que su hermano el 60 macro F:2.8, o bien bajar la sensibilidad, lo que más nos guste.

El lado no tan bueno es que trabajando a F:1.2 la profundidad de campo es mínima, esto es, la zona enfocada es estrechísima y disparando a mano es tarea harto difícil acertar el punto de enfoque, ya sea por mi pulso cafetero o por la aparición de la más mínima brisa. Pero con paciencia y con un poco de práctica acabé cogiéndole el «truquillo» al enfoque ayudado por el autofoco tan preciso de este 45mm montado sobre la Olympus EM1 MKII, todas las imágenes que acompañan este artículo están tomadas a pulso y sin recortar. Ya en marcha, cuando empecé a tomar fotografías me encontré con otra ventaja añadida: cualquier cosa situada a dos o tres centímetros del punto de foco quedaba totalmente desvanecida, ¡ello permitía que no me tuviera que preocupar prácticamente por los fondos!

Ya sabéis que en el campo siempre hay una ramita, un palito, en definitiva multitud de cosas que se nos cuelan muchas veces en el encuadre y sin embargo disparando a diafragma F:1,2 todo esto desaparece, una preocupación menos que se agradece. Una vez establecidos los componentes técnicos y el método de trabajo, decidí que lo podría aplicar a una serie de fotografías de flores tal cual van apareciendo a lo largo del año, una especie de diario de estas pequeñas maravillas que nos regala la naturaleza. Es un proyecto sencillo y muy agradable, y a la vez hago cultura ya que procuro informarme sobre la especie de la planta, sus usos culinarios, curativos, etc, etc. Por suerte, en la costa mediterránea tenemos flores todo el año, así que candidatas no me van a faltar.

Fotografia y naturaleza, la mejor combinación.