¡Hola! Soy Jose Mari Palacio, aficionado a mil y una cosas…entre ellas, la montaña, los viajes y la fotografía.

Tras años de soñarlo, en 2019 mi mujer, Susana, y yo, pudimos hacer realidad nuestro sueño de viajar por el mundo sin vuelo de regreso. Nuestros ahorros eran nuestra única fuente de financiación así que nos disponíamos a exprimirlos al máximo.

Playa de Palolem, Goa (India)

Nuestra ruta iba a comenzar en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, y desde allí, con un coche de alquiler, recorreríamos El Cabo y la costa antes de continuar nuestro viaje cruzando Namibia y Botswana, asomándonos a las Cataratas Victoria en Zimbabwe, y terminando el recorrido a través del África austral en Johannesburgo, tras visitar el mítico Parque Nacional kruguer.

Nuestra ruta continuaría en La India, a la que íbamos a dedicar algo más de un mes… y a partir de ahí, dejaríamos que nuestro camino lo marcase el viento a favor.

Una de las tareas a las que dedicamos más tiempo durante la planificación del viaje, fue a la elección del equipo fotográfico que íbamos a llevar con nosotros. Yo ya llevaba algo más de un año utilizando una Olympus OMD Em5 MarkII en mis salidas al Pirineo. Una cámara que encajaba a la perfección con mi obsesión minimalista y mi obstinación por la ligereza. Por supuesto, con esa pequeña planificación inicial ya nos enfrentábamos al reto de paisajes enormes en Namibia, safaris fotográficos en Etosha, Chobe, Okawango o Kruger, retratos en las tribus Himba o Herero y fotografía de calle en India.

Martín Pescador Malaquita en el rio Okawango (Botswana)

El peso del conjunto era crucial, y contábamos con pasar muchas noches en tiendas de campaña, hostales, trenes o autobuses. Tampoco queríamos llevar un equipo que fuese un caramelito para los amigos de lo ajeno.

Renovamos nuestra confianza en la pequeña EM-5, confiábamos en que su estabilizador nos permitiera ahorrarnos el trípode (sé que algunos se rasgaran las vestiduras al leer esto…), y aunque lo hemos echado de menos en algunos momentos, no nos arrepentimos de haber prescindido de él. Además de esto, su cuerpo sellado nos daba tranquilidad para enfrentarnos a desiertos, cascadas y selvas.

Para los objetivos: Olympus 14-150mm F4-5.6, sellado contra agua y polvo y ligero como pocos. Durante el viaje adquirimos como complemento un Olympus 45mm F 1.8. Con una nitidez maravillosa para la fotografía de retratos.

Además de esto, 5 baterías, un filtro polarizador (que casi no hemos usado), un filtro ND8 (que en algunas ocasiones se nos ha quedado corto con la brillante luz del trópico) y un pequeño equipo de limpieza. Además de esto, una memoria externa (1TB) y  5 tarjetas de memoria de 16 GB y velocidad de transmisión superior a 90 MB/s (aun así, tuvimos que comprar más).

Comenzamos nuestro viaje en septiembre, con dos mochilas de 8 y 10 kilos (el equipo fotográfico completo pesaba menos de 1,5 kg) y una ilusión capaz de llevarnos hasta Sudáfrica sin coger un avión.

Oryx solitario en el desierto del Namib (Namibia)

Nuestra primera gran sorpresa del viaje fue la costa de Namibia, esa fina línea moldeada por tormentas y un oleaje diabólico, que se funde sin previo aviso,  con las enormes dunas del Namib, el desierto más antiguo de la Tierra. Un espectáculo de la naturaleza que disfrutamos y fotografiamos pese a la tormenta de arena que nos envolvió.

Mujer de la etnia Himba en Otjiwarongo (Namibia)

Visitar un poblado himba es una inmersión cultural imperdible, un fósil etnológico que te llena de vitalismo

Sobrevolar y navegar los canales del Delta del Okawango nos ha regalado imágenes que se quedaran en nuestras retinas para siempre, es ver La Tierra en su estado más puro.

Elefante africano en el rio Chobe (Botswana)

Fotografíar a la fauna africana desde lanchas, canoas y avionetas puso a prueba el estabilizador de la Em5 MII, y cumplió con nota.

Despues de rastrear a pie Rinocerontes en Botswana, llegamos al Parque Nacional Kruguer, donde realizamos safaris a pie, en los que el peso del equipo volvió a ser importantísimo. Miramos cara a cara a búfalos, cocodrilos, hipopótamos, hienas o elefantes, y temblamos al escuchar los rugidos de los leones llamando a su manada.

Cachorro de león devorando un impala cerca de Letaba, PN Kruguer (Sudáfrica)

La India nos dio un bofetón de intensidad humana. Aterrizamos en Mumbai y conocimos su pasado colonial y sus “Slums”, esos barrios en los que se amontonan millones de personas que tratan de buscar una vida mejor, y que solo unos pocos encuentran.

Anciana en uno de los “slum” de Mumbai (India)

Kerala y Goa nos abrieron las puertas del paraíso indio: verde, soleado y cargado de misticismo. Nueva Delhi, Agra y el Rajastán nos mostraron, con el suave traqueteo del tren como fondo,  la India más reconocible: la de los Maharajás, los Palacios y el maravilloso Taj Mahal, la construcción más hermosa que hemos visto.

Fuerte de Jodphur, Rajastán (India)

En Varanasi nos sumergimos a un tiempo en el Ganges y en la espiritualidad hindú, con su particular concepción de la vida, y sobretodo de la muerte.

“Sadhus” de Varanasi, Uttar Pradesh (India)

De nuevo nuestra pequeña Em5 nos permitió pasar desapercibidos entre sadhus, monjes mendicantes, parejas de recién casados, mendigos o cortejos funerarios. Y tomar fotografías en las ceremonias que se realizan al atardecer y amanecer, a pulso y sin caer en un ruido excesivo.

El viento a favor nos llevó después a la lágrima de la India. La maravillosa isla de Sri Lanka, rebosante de naturaleza, con sus saturados verdes y sus maravillosas playas de arena blanca, donde los pescadores “zancudos” siguen utilizando antiquísimas técnicas de pesca.

Pescadores “zancudos” en Mihiripenna, (Sri Lanka)

Decididos a sumergirnos de lleno en el Sudeste asiático, nuestro viaje continuó en Vietnam.

Recorrimos este maravilloso país de Sur a Norte, y tuvimos la suerte de fotografiar concentraciones “cosplay” en Ho Chi Minh, las tumbas imperiales de Hué,  las montañas de Tam Coc, la isla de Cat Ba o la bahía del Ha long. Pero sin duda, nuestro más feliz encuentro fue con el norte. Las regiones montañosas de Sapa o Bac Ha, donde las etnias tradicionales se mantienen muy vivas y los paisajes de montañas perladas de arrozales y de valles surcados por veloces ríos, hechizan a quien los visita.

Niña de la etnia Hmong en el mercado de Bac Ha (Vietnam)

Myanmar es para nosotros el mejor descubrimiento en el sur de Asia. El país que con más autenticidad conserva sus diferencias culturales. Una delicia de diversidad que disfrutamos especialmente los días que pasamos recorriendo a pie los caminos que unen Kalaw con el Lago Inle.

Anciana en el lago Inle (Myanmar)

En un viaje como este, era especialmente difícil documentarse de todos los lugares que se iban a visitar, o estudiar con profundidad las mejores localizaciones y momentos para tomar esas imágenes emblemáticas, de las que nos encanta hacer nuestra propia versión. Por eso es especialmente importante contar con un equipo versátil, y poder llevarlo siempre encima. Nuestra Em5 MarkII y el Olympus 14-150mm, nos han acompañado en cada paso, y eso nos ha permitido capturar imágenes que nos encantan, en momentos y lugares inesperados.

Pagoda Shwedagon, Yangón (Myanmar)

Tras Myanmar, nos dirigimos a la turística Tailandia, donde comenzamos a reparar en las repercusiones que se extendían desde China, sobre un virus de gripe que estaba causando estragos en el turismo. Mascarillas, controles de temperatura y un “Chinatown” desierto en mitad de la bulliciosa Bangkok, nos sorprendieron. No nos podíamos imaginar, que un par de meses después y tras haber recorrido las islas de Tailandia o los templos de Ang Kor en Camboya, la Embajada española nos recomendaría regresar a casa.

Nos encontrábamos en Vang Vieng, Laos. Una pequeña ciudad rodeada de pináculos kársticos plagados de cuevas, selvas, cascadas y refrescantes lagunas.

Salir de Laos, un país instalado en la precariedad sanitaria, se convirtió en nuestro principal objetivo. Conseguimos hacerlo después tres autobuses y varios tuk-tuks. Cruzamos la frontera de Vientiane y regresamos a Tailandia, donde nos sentíamos mucho más seguros.

El mercado aéreo se había transformado en cuestión de horas en un caos de cancelaciones, modificaciones y precios impagables. Gracias a un buen intermediario, conseguimos un vuelo que nos llevaría, con una escala en Moscú, de vuelta a Madrid. Desde allí ya encontraríamos la forma de regresar a Jaca cruzando una España confinada.

Templo principal de Ang Kor Wat, Siem Riep (Camboya)

Tras esta increíble experiencia nuestro consejo es que el mejor equipo fotográfico, es el que consigue que siempre te sientas cómodo con él. El que nunca se queda en el hotel o en el fondo de la mochila. Él que te permite moverte con comodidad entre desconocidos y no pone límites a nuestras aventuras, sean en el desierto o en la montaña.

Por eso para nosotros, la Olympus Omd Em5 MarkII, el todoterreno 14-150mm y el pequeño 45mm F1.8 han formado un equipo perfecto para inmortalizar nuestro viaje. Y lo más importante: ¡Nos han permitido disfrutar al máximo de él!

Volvimos a casa felices y cargados de experiencias y nuevos proyectos. Con nuevos sueños en el horizonte, que al fin, son el motor que nos impulsa cada día.

Gracias por leernos, un abrazo para toda la comunidad Olympus.

Si queréis saber más sobre nuestro viaje, podéis seguirnos  y contactar con nosotros en Instagram.