BANYOLES - Girona - Catalonia - Spain

Vivo a pocos minutos a pie del lago de Banyoles, de manera que cuando estoy en casa no me resulta difícil aprovechar el paraíso que tengo tan cerca para poner a prueba mis cámaras y, lo más importante, exprimir el cerebro intentando apreciar en tiempo presente lo que no supe ver el día anterior.
Fotografiando la naturaleza encuentro luz, composición, formas, colores, líneas, volúmenes, texturas… vamos, la gramática y la sintaxis de la imagen y, en general, de todo el arte. O, si lo preferís, el bastidor de las imágenes.

Un poco de agua, un cielo cambiante, viento adecuado, nubes amenazantes, la estación del año y ¡alehop! todo a punto, aunque luego los resultados no estén a la altura de lo esperado. ¿La cámara? ¡No! El culpable soy yo, que no he sabido capturar tanta belleza como la había percibido. Todos los días aprendes algo y antes te llega la muerte por envejecimiento que la sabiduría.

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No descubriré nada nuevo si afirmo que el otoño es una estación magnífica para agregar un toque rojizo a los paisajes. La combinación entre el verde y las hojas que declinan incrementa el contraste cromático, puesto que se trata de gamas situadas en los extremos opuestos del espectro.

BANYOLES - Girona - Catalonia - Spain

En invierno las dominantes azuladas, típicas de una mayor radiación ultravioleta y en concordancia con los valores fríos del termómetro también proporcionan momentos mágicos. Me gusta madrugar y fotografío cuando todavía las aves están tranquilas y sólo perturba la magia del momento algún pato enfadado que reivindica su parcela de lago.

En los primeros días, cuando la primavera invade el entorno lacustre, es posible destacar el contraste entre lo caduco y lo perenne -con el permiso de los remeros y de las gaviotas que irrumpen en la imagen como un sarpullido- pendientes de que un toque de remo levante un pez despistado que llevarse a la boca.

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Luego también están los aguaceros que invaden la orilla con grandes charcos, como si fueran una prolongación del lago. A veces, tras la tempestad, la calma se expresa con nubes teñidas de infrarrojo que preceden a la penumbra desde donde los graznidos tararean sin orden y los chapoteos acrecientan el misterio de la oscuridad.

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También las tormentas aportan magia a plena luz del día, cuando el sol fragmenta las nubes para iluminar el lago, como si el dedo de un dios moldeara a su capricho el paisaje y le imprimiera carácter, destacando las luces y las sombras con un descomunal pincel mágico.

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En la primavera las flores emergen de cualquier parte. El hombre interactúa con el entorno lacustre y los patos fluyen ajenos al efímero arte que aporta radios y círculos a las sólidas balizas del embarcadero. El sol ha desaparecido del horizonte pero su estela se alarga en el crepúsculo. ¿Quién busca una tópica puesta de sol cuando en un rincón hay tantas posibilidades?

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Llegado a este punto apetece probar el blanco y negro. La Olympus Pen lo procesa a mi gusto, con variados tonos de gris y el contraste adecuado, aunque con las posibilidades que incorporan su menú interno se le pueden programar infinitas variaciones. Poca cosa, un toque de verde, el que los entendidos denominaban “filtro natural” para teñir a las mejillas con un aire amable y extraerle más partido a la maleza. La niebla también añade volumen a las pesqueras, esas casitas que invaden el lago y que contribuyen con un toque de complicidad humana.

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Y al final la historia se repite. De padres a hijos, de hijos a abuelos… generaciones que contemplan el lago con las últimas luces del atardecer. Los pájaros se retiran en formación a la búsqueda de un cobijo donde pasar la noche.
Los humanos, espectadores de la procesión, se transforman en siluetas que acompañan el silencio de los árboles. Es aleccionador explorar tu entorno con una cámara para sentirte integrado en el Universo.
Pero no cuando estás rodeado de cientos de practicantes de la fotografía, si no en la soledad del mal tiempo, que es cuando se aprende de verdad.