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Venezia, por Martín Gallego

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Creo que pocas ciudades pueden competir con la magia de Venecia. El encanto de su pasado esplendor permanece intacto y la mezcla de decadencia y ostentación la hace realmente bella. Tanto es así que mirando desde el puente de La Academia no me costó nada imaginar sus calles y canales en los días en que era la dueña del mar y por un momento me pareció ver que una grácil galera entraba por la bocana del Gran Canal.

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Después de unas horas de recorrer las calles me dio la impresión de que el turismo es a la vez una plaga y una bendición para la ciudad, un frágil equilibrio que los venecianos han sabido compaginar para financiar el mantenimiento de su enorme patrimonio histórico ya que en realidad toda la ciudad es un enorme museo al aire libre para gozo de visitantes y la mayoría de paisanos.

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Venecia siempre miró a oriente y se nota aquí y allá en multitud de pequeños detalles. Al pasear por sus rincones me daba la impresión de haberme trasladado por un momento a su hermana Contantinopla con la que compartió arte e historia, tan sólo separadas por un mar que se hizo pequeño para contener la ambición de los venecianos.

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Venecia es una ciudad para pasear. Plazas, canales, calles, soportales, puentes y callejones están hechos a medida de las personas, para llegar caminando a cualquier lugar, a cualquier rincón. El silencio acompaña nuestros pasos haciéndonos olvidar el rumor del tránsito de la gran ciudad, tan sólo de vez en cuando oiremos el leve chapoteo de una góndola al pasar o el cuchicheo de dos vecinas entrando en un portal.

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Me gusta fijarme en los detalles, creo que de alguna manera reflejan el carácter del lugar y su gente. Las cosas pequeñas forman un paisaje visual cercano al que muchas veces no damos valor precisamente por su proximidad, pero a los ojos del visitante pueden llegar a ser auténticas joyas esparcidas por la ciudad.

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Pero  Venecia también es la gente, tanto los que la visitan como los que tienen la suerte de vivir allí.  Los turistas se desplazan al unísono como ríos multicolores persiguiendo no se sabe qué, dejando a su paso un reguero de golpes de flash y papeleras a rebosar. Mientras tanto, justo en la calle de atrás, los venecianos siguen con su vida pausada, amable, como si el tiempo se empeñara en darles la razón.

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La noche hace retornar la magia. Las calles se visten con nuevas luces que hay que descubrir y el paisaje cambia como si se tratara de un nuevo lugar, otra nueva ciudad. Caminar en silencio, mirar para ver. ¡La noche es para fotografiar!

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Burano, a 15 minutos en barco, es la isla del color. Para el fotógrafo es una  mina inagotable de imágenes, de composiciones con cromatismos extremos que te asaltan casi sin querer. Me pareció increíble que un lugar pudiera excitar tanto mi retina y diera tanto juego para crear bellas composiciones, por eso la hora que pasamos allí debió ser de las mas cortas de mi vida. Sin duda, un lugar para volver.

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Y poca cosa más. En cuanto a material fotográfico, en este viaje procuré llevar el mínimo equipo posible porque el plan era recorrer a fondo la ciudad y no era cuestión de cargar con mucho peso. Así que me llevé una bolsita de hombro y una Olympus E-M5 MKII, un MZuiko 12-40 Pro y un MZuiko 40-140 F4-5.6, el pequeñín. Eso si, para divertirme me llevé un ojo de pez ¡que al final es el que usé para la foto de cabecera! En fin, que el fin de semana dio para mucho y volvimos felices aunque cansados, pero os puedo asegurar que Venecia lo merece ¡Vaya si lo merece!

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